domingo, 20 de diciembre de 2015

                                         ABUSO DE LA DIVINA MISERICORDIA
                                                      San Alfonso Mª Ligorio

Ignoras quoniam benignitas Dei ad
poenitentiam te adducit?
¿No sabes que la benignidad de Dios te
convida a penitencia? Ro., 2, 4.


                                                             PUNTO PRIMERO

El que abusa de la misericordia de Dios excita su cólera.
Refiere San Mateo, en el capítulo XIII de su Evangelio la parábola de la cizaña, y
dice que, habiendo crecido en un campo esa mala hierba mezclada con el buen
grano, querían los criados ir a arrancarla, pero el amo les replicó: «dejadla crecer:
después la arrancaremos para echarla al fuego» (Ma., 13, 29, 30). De esta parábola
se deduce, por una parte, la paciencia de Dios para con los pecadores, y por otra, su
rigor con los obstinados.
Dice San Agustín que el enemigo engaña de dos maneras a los hombres: «con
desesperación y con esperanza.» Cuando el pecador ha pecado ya, le mueve a
desesperarse por el temor de la divina justicia; pero antes de pecar le anima a que
caiga en tentación por la esperanza de la divina misericordia. Por eso el santo nos
amonesta diciendo: «después del pecado ten esperanza en la misericordia; antes
del pecado teme la divina justicia.» Y así es, en efecto. Porque no merece la
misericordia de Dios el que se sirve de ella para ofenderle. La misericordia se usa
con quien teme a Dios, no con quien la utiliza para no temerle. El que ofende a la
justicia —dice el Abulense—, puede acudir a la misericordia; más el que ofende a la
misericordia, ¿a quién acudirá?
Difícilmente se hallará un pecador tan desesperado que quiera expresamente
condenarse. Los pecadores quieren pecar, más sin perder la esperanza de
salvación, pecan, y dicen: Dios es la misma bondad; aunque ahora peque, yo me
confesaré más adelante. Así piensan los pecadores, dice San Agustín (Trac., 33, in
Jn.). pero, ¡oh Dios mío!, así pensaron muchos que ya están condenados.
«No digas —exclama el Señor— la misericordia de Dios es grande: mis
innumerables pecados, con un acto de contrición me serán perdonados» (Ecl., 5,
6). no habléis así —nos dice el señor—. ¿Y por qué? «porque su ira está tan pronta
como su misericordia; y su ira mira a los pecadores» (Ecl., 5, 7).
La misericordia de Dios es infinita; pero los actos de ella, o sea los de
conmiseración, son finitos. Dios es clemente, pero también justo. «Soy justo y
misericordioso; —dijo el Señor a Santa Brígida—, y los pecadores sólo atienden a la
misericordia.» «Los pecadores —escribe San Basilio— no quieren ver más que la
mitad.» «Bueno es el Señor; pero, además, es justo. No queramos considerar
únicamente una mitad de Dios.»
Sufrir al que se sirve de la bondad de Dios para más ofenderle —decía el Santo
Ávila—, antes fuera injusticia que misericordia. La clemencia fue ofrecida al que
teme a Dios, no a quien abusa de ella. Et misericordia ejus timentibus eum, como
exclamaba en su cántico la Virgen Santísima. A los obstinados los amansa la
justicia, porque, como dice San Agustín, la veracidad de Dios resplandece aun en
sus amenazas.
«Guardaos— dice San Juan Crisóstomo— cuando el demonio (no Dios) os promete
la divina misericordia con el fin de que pequéis.» «¡Ay de aquel—añade San Agustín
— que para pecar atiende a la esperanza!... (In Sal. 144). ¡A cuántos ha engañado y
perdido esa vana ilusión! ¡Desdichado del que abusa de la piedad de Dios para
ofenderle más!... Lucifer —como afirma San Bernardo— fue con tan asombrosa
presteza castigado por Dios, porque al rebelarse esperaba que no recibiría castigo.
El rey Manases pecó; convirtióse luego, y Dios le perdonó. Más para Amón, su hijo,
que, viendo cuan fácil había conseguido el perdón su padre, llevó mala vida con
esperanza de ser también perdonado, no hubo misericordia. Por esa causa —dice
San Juan Crisóstomo— se condenó Judas, porque se atrevió a pecar confiado en la
benignidad de Jesucristo.
En suma: si Dios espera con paciencia, no espera siempre. Pues si el Señor siempre
nos tolerase, nadie se condenaría; pero la opinión más común es que la mayor
parte de los cristianos adultos se condena. «Ancha es la puerta y espacioso el
camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por él» (Mt., 7, 13).
Quien ofende a Dios, fiado en la esperanza de ser perdonado, «es un escarnecedor
y no un penitente» —dice San Agustín—. por otra parte, nos afirma San Pablo que
«Dios no puede ser burlado» (ga., 6, 7). Y sería burlarse de Dios el ofenderle
siempre que quisiéramos y luego ir a la gloria. Quien siembra pecados no ha de
esperar otra cosa que el eterno castigo del infierno (Gal., 6, 8).
La red con que el demonio arrastra a casi todos los cristianos que se condenan es,
sin duda, ese engaño con que los seducía diciéndoles: pecad libremente, que a
pesar de todo ello os habéis de salvar. Mas el Señor maldice al que peca esperando
perdón .
La esperanza después del pecado, cuando el pecador de veras se arrepiente, es
grata a Dios; pero la de los obstinados le es abominable (Jb., 11, 20). Semejante
esperanza provoca el castigo de Dios, así como provocaría a ser castigado el siervo
que ofendiese a su señor precisamente porque éste es bondadoso y amable.


                                                             PUNTO SEGUNDO

El que abusa de la misericordia de Dios
para pecar merece ser de Él abandonado.
Dirá, quizá, alguno: «Puesto que Dios ha tenido para mi tanta clemencia en lo
pasado, espero que la tendrá también en lo venidero.» mas yo respondo: «y por
haber sido Dios tan misericordioso contigo, ¿quieres volver a ofenderle?» «¿de ese
modo —dice San Pablo— desprecias la bondad y paciencia de Dios? ¿ignoras que si
el Señor te ha sufrido hasta ahora no ha sido para que sigas ofendiéndole, sino
para que te duelas del mal que hiciste?» (Ro., 2, 4). Y aun cuando tú, fiado en la
divina misericordia, no temas abusar de ella, el Señor te la retirará. «Si vosotros
no os convirtiereis, entensará su arco y le preparará (sal. 7, 13). Mía es la venganza,
y yo les daré el pago a su tiempo (Dt., 32, 35). Dios espera; mas cuando llega la hora
de la justicia, no espera más y castiga.
Aguarda Dios al pecador a fin de que se enmiende (Is., 30, 18); pero al ver que el
tiempo concedido para llorar los pecados sólo sirve para que los acreciente, válese
de ese mismo tiempo para ejercitar la justicia (Lm., 1, 15). de suerte que el propio
tiempo concedido, la misma misericordia otorgada, serán parte para que el castigo
sea más riguroso y el abandono más inmediato. «Hemos medicinado a Babilonia y
no ha sanado. Abandonémosla» (Jer., 51, 9).
¿Y cómo nos abandona Dios? O envía la muerte al pecador, que así muere sin
arrepentirse, o bien le priva de las gracias abundantes y no le deja más que la
gracia suficiente, con la cual, si bien podría el pecador salvarse, no se salvará.
Obcecada la mente, endurecido el corazón, dominado por malos hábitos, será la
salvación moralmente imposible; y así seguirá, si no en absoluto, a lo menos
moralmente abandonado. «Le quitará su cerca, y será talada...» (is., 5, 5). ¡Oh, qué
castigo! triste señal es que el dueño rompa el cercado y deje que en la viña entren
los que quisieren, hombres y ganados: prueba es de que la abandona.
Así, Dios, cuando deja abandonada un alma, le quita la valla del temor, de los
remordimientos de conciencia, la deja en tinieblas sumida, y luego penetran en ella
todos los monstruos del vicio (Sal. 103, 20). El pecador, abandonado en esa
oscuridad, lo desprecia todo: la gracia divina, la gloria, avisos, consejos y
excomuniones; se burlará de su propia condenación (Pr., 18, 3).
Le dejará Dios en esta vida sin castigarle, y en esto consistirá su mayor castigo.
«Apiadémonos del impío...; no aprenderá (jamás) justicia» (Is. 26, 10).
Refiriéndose a ese pasaje, dice San Bernardo: «No quiero esa misericordia, más
terrible que cualquier ira».
Terrible castigo es que Dios deje al pecador en sus pecados y, al parecer, no le pida
cuenta de ellos (Sal. 10, 4). Diríase que no se indigna contra él (Ez., 16, 42) y que le
permite alcanzar cuanto de este mundo desea (Sal. 80, 13). ¡Desdichados los
pecadores que prosperan en la vida mortal! ¡Señal es de que Dios espera a ejercitar
en ellos su justicia en la vida eterna! Pregunta Jeremías (Jer., 12, 1): «¿Por qué el
camino de los impíos va en prosperidad?» y responde enseguida (Jer., 12, 3):
«congrégalos como el rebaño para el matadero.»
No hay, pues, mayor castigo que el de que Dios permita al pecador añadir pecados
a pecados, según lo que dice David (Sal. 68, 28-29): «Ponles maldad sobre
maldad. .. borrados sean del libro de los vivos»; acerca de lo cual dice San
Belarmino: «No hay castigo tan grande como que el pecado sea pena del pecado.»
más le valiera a alguno de esos infelices que cuando cometió el primer pecado el
señor le hubiera hecho morir; porque muriendo después, padecerá tantos
infiernos como pecados hubiere cometido.


                                                            PUNTO TERCERO


El que abusa de la misericordia de Dios
merece caer en las manos de su justicia.
Refiérese en la vida del Padre Luis de Lanuza que cierto día dos amigos estaban
paseando juntos en Palermo, y uno de ellos, llamado César, que era comediante,
notando que el otro se mostraba pensativo en extremo, le dijo: «Apostaría a que
has ido a confesarte, y por eso estás tan preocupado... yo no quiero acoger tales
escrúpulos... Un día me dijo el Padre Lanuza que Dios me daba doce años de vida y
que si en ese plazo no me enmendaba tendría mala suerte. Después he viajado por
muchas partes del mundo; he padecido varias enfermedades, y en una de ellas
estuve a punto de morir... Pero en este mes, cuando van a terminar los famosos
doce años, me hallo mejor que nunca...». Y luego invitó a su amigo a que fuese, el
sábado inmediato, a ver el estreno de una comedia que el mismo César había
compuesto... En aquel sábado, que fue el 24 de noviembre de 1668, cuando César
se disponía a salir a escena, dióle de improviso una congestión y murió
repentinamente en brazos de una actriz. Así acabó la comedia.
Pues bien, hermano mío; cuando la tentación del enemigo te mueva a pecar otra
vez, si quieres condenarte puedes libremente cometer el pecado; mas no digas que
deseas tu salvación. mientras quieras pecar, date por condenado, e imagina que
Dios decreta su sentencia, diciendo: «¿Qué más puedo hacer por ti, ingrato, de lo
que ya hice?» (Is. 5. 4). Ya que quieres condenarte, condénate, pues... tuya es la
culpa.
Dirás, acaso, que en dónde está ese modo de misericordia de Dios... ¡Ah,
desdichado! ¿No te parece misericordia el haberte Dios sufrido tanto tiempo con
tantos pecados? Prosternado ante Él y con el rostro en tierra debieras estar
dándole gracias y diciendo: «Misericordia del Señor es que no hayamos sido
consumidos» (Lm., 3, 22).
Al cometer un solo pecado mortal incurriste en delito mayor que si hubieras
pisoteado al primer soberano del mundo. Y tantos y tales has cometido que si esas
ofensas de Dios las hubieses hecho contra un hermano tuyo, no las hubiera éste
sufrido... Mas Dios no sólo te ha esperado, sino que te ha llamado muchas veces y
te ha ofrecido el perdón. ¿Qué más debía hacer? (Is., 5, 4).
Si Dios tuviese necesidad de ti, o si le hubieses honrado con grandes servicios,
¿podría haberse mostrado más clemente contigo? Así, pues, si de nuevo volvieras a
ofenderle, harías que su divina misericordia se trocara en indignación y castigo.
Si aquella higuera hallada sin frutos por su dueño no los hubiera dado tampoco
después del año de plazo concedido para cultivarla, ¿quién osaría esperar que se le
diese más tiempo y no fuese cortada? escucha, pues, lo que dice San Agustín: «¡Oh
árbol infructuoso!, diferido fue el golpe de la segur. ¡Mas no te creas seguro,
porque serás cortado! Fue aplazada la pena —expresa el Santo—, pero no
suprimida. Si abusas más de la divina misericordia, el castigo te alcanzará: serás
cortado.»
¿Esperas, por tanto, a que el mismo Dios te envíe al infierno? Pues si te envía, ya lo
sabes, jamás habrá remedio para ti. Suele el Señor callar, mas no por siempre.
Cuando llega la hora de la justicia, rompe el silencio. Esto hiciste y callé.
Injustamente creíste que sería tal como tú. Te argüiré y te pondré ante tu propio
rostro (Sal. 49, 21). Te pondrá ante los ojos los actos de divina misericordia, y hará
que ellos mismos te juzguen y condenen.
De la Preparación para la muerte de San Alfonso María Ligorio.

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